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	<title>Franco Berardi &quot;Bifo&quot;, autor en Zona de estrategia</title>
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	<description>Un medio para agitar la crítica y construir herramientas de intervención que no rindan pleitesía a ninguna forma de gobierno</description>
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		<title>Entre el humo de un incendio que no hemos provocado</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Franco Berardi "Bifo"]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 23 Oct 2026 15:57:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>De los disturbios de París al resto del mundo, ¿es posible recomponer el cuerpo y el cerebro colectivos? El poder de la tecnología, de la inteligencia separada de su cuerpo, intoxica la mente y envenena el territorio. Solo un movimiento capaz de devolver a la inteligencia colectiva lo creado por ella podrá dar oxígeno a un cuerpo que se asfixia.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/entre-el-humo-de-un-incendio-que-no-hemos-provocado/">Entre el humo de un incendio que no hemos provocado</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El otoño mediterráneo, de Madrid a Tirana, de París a Atenas y Milán, es turbulento y está cargado de amenazas. Pero donde hay peligro, a veces, se encuentra la salvación. A veces, no siempre.</p>
<p>Ante el futuro de guerra que están preparando, ante el saqueo de los recursos sociales destinados a financiar el rearme, la Europa mediterránea reacciona. Una estudiante de Milán enarbola una pancarta en la que se lee: «Dinero para las escuelas, no para la guerra».</p>
<p>En este contexto debemos comprender el sentido de la revuelta de la generación Z (la última letra del alfabeto).</p>
<p>Al ver las imágenes de los disturbios de Milán, en los que no pude participar debido a unas patologías pulmonares que me impiden respirar gases lacrimógenos, me vinieron a la mente varias escenas del pasado reciente y lejano.</p>
<h3>Hace cincuenta años</h3>
<p>Lo primero que me vino a la mente fue el 7 de diciembre de 1976, cuando miles de jóvenes de los entonces incipientes centros sociales llegaron desde la inmensa periferia milanesa y saquearon, como era debido, el centro de la ciudad.</p>
<p>Fue el inicio del movimiento que culminó luego, los días 11 y 12 de marzo de 1977, con los disturbios de Bolonia, Roma, Milán y un poco por todas partes.</p>
<blockquote><p>Había una vaga percepción de estar involucrados en un proceso hacia la liberación de la vida del trabajo asalariado</p></blockquote>
<p>Aquel 7 de diciembre de 1976 estaba en Milán para seguir los acontecimientos, y a media tarde unos policías me detuvieron y me llevaron a la comisaría, donde pasé muchas horas a la espera de mi puesta en libertad, en una gran sala abarrotada de otros detenidos. Llevaba conmigo la grabadora Nagra de Radio Alice y grabé un poco las voces de los demás detenidos. En la tradición de la izquierda, a esos chicos de las afueras se les consideraba el <a href="https://it.wikipedia.org/wiki/Sottoproletariato">lumpen</a>, pero para nosotros formaban parte de un movimiento emergente en el que se fusionaban la condición estudiantil y la obrera. Había una vaga percepción de estar involucrados en un proceso que avanzaba hacia la liberación de la vida de la esclavitud del trabajo asalariado.</p>
<p>Pero no salió como queríamos: el conocimiento y la tecnología, que para nosotros podían convertirse en instrumentos de liberación, fueron expropiados por una minoría y sometidos al interés del lucro, en contra del interés colectivo.</p>
<p>Un personaje infame que por entonces era ministro del Interior, y que luego fue elegido presidente con el voto de los estalinistas, escribió:</p>
<p>«Yo acabé definitivamente con la autonomía: enviando los blindados a derribar las verjas de la Universidad de Roma y a volver a ocuparla tras la expulsión de Lama; luego, enviando a Bolonia, tras la muerte de Lorusso, los blindados de los <em>carabinieri</em> con ametralladoras, recibidos con aplausos por los comunistas boloñeses. Aún toleramos el congreso de septiembre; luego dimos la última barrida, y la autonomía llegó a su fin».</p>
<h3>El otoño de la convulsión</h3>
<p>Y aquí me viene a la mente una segunda escena mucho más cercana a nuestros tiempos: Santiago de Chile, año 2019.</p>
<blockquote><p>Esa violencia es sin duda irracional, pero ¿cómo no entenderla?</p></blockquote>
<p>Es el año de la película <em>Joker</em>, de Todd Phillips: un fantástico y perturbador Joaquin Phoenix representa el sufrimiento psíquico, la soledad metropolitana y la explosión de violencia irracional de Arthur Fleck, un payaso despedido, que padece depresión y es un poco esquizoide, y que mata a tres jóvenes de la clase financiera, lo que provoca la hilaridad del público. Esa violencia es sin duda irracional, pero ¿cómo no entenderla, sobre todo cuando al final de la película desata una revuelta memorable? En el cine nos pareció divertido, pero no olvidemos que ese mismo sufrimiento puede tener efectos catastróficos, como la elección de un desequilibrado a la presidencia de Estados Unidos.</p>
<p>En el otoño de 2019, muchas ciudades del mundo –desde Santiago de Chile hasta Hong Kong, desde Quito hasta Teherán, desde Barcelona hasta Londres– parecían sacudidas por una convulsión simultánea, pero carente de una estrategia común.</p>
<p>El estallido del otoño de 2019 no fue el comienzo de una revolución, no tenía ni un sentimiento común ni un programa de transformación para el futuro. Era la convulsión de un cuerpo que llevaba demasiado tiempo comprimido.</p>
<p>Tras cuarenta años de aceleración neoliberal del ritmo de producción de la información y del consumo, tras tres décadas de hiperestimulación digital y conectiva, el cuerpo colectivo entró en una especie de convulsión, la reacción del organismo ante una aceleración del ritmo, el espasmo muscular que puede ser doloroso y puede llevar al organismo al colapso y, posteriormente, a la parálisis.</p>
<p>En ese mismo año, además de la sublime película <em>Joker</em> de Todd Phillips, recuerdo haber visto otras dos películas que me parecieron un indicio del ciclo de aceleración-convulsión-colapso que se estaba desarrollando en el mundo real. La película de Ken Loach, <em>Sorry We Missed You</em>, era un relato sobre la precariedad laboral y la superexplotación, y sobre las consecuencias del agotamiento nervioso, la humillación y la rabia impotente. Un padre de familia se pasa todo el día conduciendo una furgoneta para repartir mercancías, obligado a hacer pis en una botella, hasta que es asaltado por una banda de ladronzuelos que le roban la mercancía que debía entregar.</p>
<p>La segunda película que recuerdo es <em>Parásitos</em>, del coreano Bong Joon-ho, en la que presenciamos un <em>crescendo</em> de engaños y violencia en una competencia social desprovista de todo espacio de solidaridad e incapaz de rebelión o de conciencia.</p>
<h3>Tras la convulsión, el colapso</h3>
<p>Tras la convulsión del otoño de 2019 llegó el colapso.</p>
<p>A principios del año siguiente, de hecho, el mundo quedó paralizado por una pandemia provocada por un agente infoviral que logró detener la actividad económica y la constante aceleración de la actividad social.</p>
<p>Por fin podíamos relajarnos.</p>
<p>Durante el largo periodo de confinamiento y distanciamiento social, muchos se hicieron ilusiones de que el <em>shock</em> favorecería el abandono de las políticas ultraliberales que habían debilitado la sanidad pública y habían fragilizado el organismo colectivo.</p>
<p>Por ejemplo, muchos esperaban que se abandonaran los programas neoliberales que habían recortado la financiación de la sanidad pública para favorecer al sistema sanitario privado. Se esperaba que la salida de la pandemia fuera la condición para una nueva política social basada en la solidaridad.</p>
<p>Nos equivocábamos por completo: al salir del túnel de la pandemia, ¿qué nos hemos encontrado?</p>
<p>La guerra.</p>
<blockquote><p>Se invita a los jóvenes a prepararse para matar y para morir</p></blockquote>
<p>Para reafirmar el dominio de una minoría blanca y de un sistema de expolio financiero, el poder global ha puesto en marcha la maquinaria bélica. En nombre del rearme se destruye definitivamente la sociedad, se recorta el gasto en educación y se invita a los jóvenes a prepararse para matar y para morir. En nombre de la guerra se abandonan las tímidas políticas ecológicas y se vuelve a envenenar el aire, la tierra y el mar.</p>
<p>El genocidio se ha convertido en un espectáculo cotidiano. En Gaza disparan contra multitudes de jóvenes que piden pan, que piden agua para beber.</p>
<p>Los recortes en la ayuda humanitaria desencadenan un genocidio a escala planetaria.</p>
<h3>Nada es razonable cuando se borra la razón</h3>
<p>Es totalmente comprensible que, en los márgenes de una sociedad que se prepara para la guerra, crezca la exasperación.</p>
<blockquote><p>La generación sin futuro tiene todas las razones para rebelarse</p></blockquote>
<p>La generación sin futuro tiene todas las razones para rebelarse. Antes se reivindicaba un futuro mejor. Ahora, la idea de un futuro mejor da risa. Es bien sabido que la generación que alguien tuvo la desfachatez de traer al mundo está destinada a respirar un aire irrespirable (en estos días, la revuelta de los jóvenes indonesios surge de la rabia por los incendios que arrasan el archipiélago y llenan de humo el aire de las ciudades).</p>
<p>«¡Si nosotros ardemos, vosotros también arderéis!», rezaba una pancarta de protesta que exhibía un manifestante en Yakarta. «Tengo derecho a respirar. Apagad los incendios ya», gritaba otra pancarta.</p>
<p>Pero nadie es capaz de apagar el incendio que hace tóxico el aire que respiramos.</p>
<p>El 15 de marzo de 2019, millones de jóvenes salieron a la calle en todo el mundo para exigir que alguien apagara el incendio, o al menos dejara de provocarlo. Greta Thunberg advertía: el tiempo se está agotando.</p>
<p>¿Cuál fue la respuesta de las clases dirigentes?</p>
<p>Guerra contra la población civil y contra el medio ambiente, petroleros que vierten petróleo en el mar, inmensas nubes de sustancias tóxicas para exterminar a poblaciones indefensas. «Drill, baby, drill», grita el presidente mientras se embolsa millones de dólares.</p>
<p>¿Debería sorprendernos que los jóvenes salgan a la calle gritando: «Nos habéis arruinado el futuro, os las haremos pagar»?</p>
<p>Hace un año, muchos de esos jóvenes protestaban contra el genocidio en Gaza. Pero el genocidio ha continuado.</p>
<p>Y entonces, quizá alguno de ellos haya pensado: cada día vemos en las pantallas cómo matáis a jóvenes y a niños. Los siguientes seremos nosotros. Os las haremos pagar por adelantado.</p>
<p>¿Es razonable? Nada es razonable cuando las condiciones para la razón se anulan en nombre del beneficio y de la guerra.</p>
<h3>¿Es posible recomponer el cuerpo y el cerebro colectivos?</h3>
<p>Pero volvamos a 2019.</p>
<p>En aquel otoño del estallido chileno asistimos al surgimiento convulso de un cuerpo social separado del cerebro, una revuelta sin proyecto que fue remitiendo mientras la política se revelaba incapaz de traducirla. La reforma constitucional fue rechazada y, al final, los fascistas ganaron las elecciones.</p>
<blockquote><p>El proyecto que hay que perseguir es el de una recomposición del cuerpo y el cerebro</p></blockquote>
<p>Deberíamos extraer una lección: el proyecto que hay que perseguir es el de una recomposición del cuerpo y el cerebro. Sin un proceso de autoorganización del trabajo cognitivo, la insurrección de los cuerpos no puede sino desembocar en una reacción de carácter fascistoide. Los activistas que protestan contra los centros de datos en el área metropolitana de Milán son conscientes de que hay que arrebatar a las corporaciones privadas el poder del conocimiento y convertirlo en patrimonio común.</p>
<p>Pero ¿es posible la autoorganización del saber fuera del dominio de las finanzas y la guerra, bajo el endurecimiento que se avecina? ¿Es posible un pensamiento colectivo cuando el cuerpo social está fragmentado y es incapaz de unidad y estrategia?</p>
<p>La migración ha cambiado la composición social de la metrópoli y ha creado condiciones de conflicto entre los pobres y los marginados.</p>
<h3>Un recuerdo de Macao</h3>
<p>Solo los centros sociales han intentado crear espacios de recomposición. Pero no siempre ha sido fácil. Recuerdo cómo concluyó en 2021 la experiencia milanesa de Macao, quizás el centro social que, fundado en 2012, había ido más allá en su intento de aunar la marginación social, los artistas y el trabajo cognitivo. Revuelta e inteligencia estratégica.</p>
<p>Los ocupantes de Macao abandonaron el edificio en el que habían vivido y experimentado durante una década cuando comprendieron que el entorno se había vuelto peligroso por la presencia de personas marginadas, en parte extranjeras, que no querían identificarse con un proyecto común y solidario, sino expresar de forma violenta su desesperada necesidad. Ante el riesgo de que la confrontación con esa marginación derivara en violencia, prefirieron marcharse.</p>
<p>Uno de ellos declaró:</p>
<p>«Hay un límite que no pretendemos traspasar, que no forma parte de nuestra historia ni de nuestro lenguaje. No se nos da bien infundir miedo. Nos interesa generar alianzas y formas de convivencia alternativas, construir complicidad y fuerza, imaginar otros mundos: estas son las cosas que sabemos hacer».</p>
<p>Deberíamos retomar la reflexión a partir de ahí.</p>
<p>Mientras tanto, aquellos que han propiciado la catástrofe, aquellos que han sustraído recursos a la educación para destinarlos al lucro y a la guerra, se agolpan tras una pancarta que promete:</p>
<p>«Os remigraremos a todos».</p>
<p>Son sinvergüenzas; por su propio interés, están dispuestos a destruir cualquier vestigio de democracia y de vida social.</p>
<h3>No lo sé</h3>
<p>Hay muchas cosas que no sé. No sé si conseguiremos evitar un endurecimiento aún mayor de las políticas securitarias que aumentan la tensión en lugar de aliviarla. No sé si es posible llevar a cabo un proyecto de recomposición pacífica del cuerpo y del cerebro social.</p>
<p>Y, para terminar, no sé qué significa la pancarta que una chica llevaba en la plaza de Milán.</p>
<p>«Cielo artificial, veneno real»</p>
<p>Dicen que son palabras que denuncian las <em>chemtrails</em>, pero para mí esas palabras significan muchas otras cosas. Son palabras ambiguas, irónicas, poéticas, por lo que podemos interpretarlas un poco como nos parezca.</p>
<p>Para mí significan que el poder de la tecnología, de la inteligencia separada de su cuerpo, está intoxicando la mente y envenenando el territorio.</p>
<p>Solo un movimiento capaz de devolver a la inteligencia colectiva lo que ha sido creado por la inteligencia colectiva podrá dar oxígeno a un cuerpo que se está asfixiando.</p>
<p>Publicado originalmente en <a href="https://not.neroeditions.com/nei-fumi-di-un-incendio-che-non-abbiamo-appiccato/"><em>Not</em> (Nero)</a>. Traducción: Francisco Gaitán, Zona de Estrategia.</p>
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