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	<title>Neuraceleradísima, autor en Zona de estrategia</title>
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	<description>Un medio para agitar la crítica y construir herramientas de intervención que no rindan pleitesía a ninguna forma de gobierno</description>
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	<title>Neuraceleradísima, autor en Zona de estrategia</title>
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		<title>La DANA y el renacimiento del pueblo valenciano</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Neuraceleradísima]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 29 Nov 2024 10:03:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[Movimientos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>No hay atajos ni alternativas a la organización para que se extiendan la solidaridad y la confianza en los otros, ni hay atajos para frenar la proliferación del fascismo.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/la-dana-y-el-renacimiento-del-pueblo-valenciano/">La DANA y el renacimiento del pueblo valenciano</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>En las zonas afectadas directa o indirectamente por la subida del agua, no solo el cuerpo de cada cual vive y sufre el miedo, el dolor y la rabia por el momento de excepción. También el cuerpo social padece contorsiones inesperadas. El País Valenciano ha sido desfigurado por la destrucción quién sabe durante cuánto tiempo, y en sus instituciones de autogobierno permanecen los responsables de la muerte de más de 200 personas. En esta hora para los valencianos, sin duda la más dura desde el fin del franquismo, es una tarea prioritaria estudiar las implicaciones políticas y sociológicas del acontecimiento para dilucidar qué lecciones nos proporciona lo ocurrido durante las últimas semanas en l’Horta Sud a quienes somos militantes de la democracia, la libertad y la justicia social. Junto al sufrimiento, la pérdida y el hastío, algo radicalmente nuevo podría estar emergiendo, una energía social bruta disponible capaz de concretarse políticamente en lo mejor y lo peor, pero inspiradora para todos aquellos que puedan ser sensibles a ella.</p>
<blockquote><p><strong>En momentos críticos como este, la interdependencia social que la cotidianidad invisibiliza se vuelve imposible de ignorar<br />
</strong></p></blockquote>
<p>La primera semana tras las inundaciones en l’Horta Sud, ante el panorama de caos e incertidumbre, el pueblo valenciano entra en régimen de efervescencia turbulenta. Tras la deserción por arriba del govern de la Generalitat Valenciana —pero también, en segunda instancia, de un gobierno central que delega responsabilidades en ineptos evidentes— se rompe el piloto automático que habitualmente hace predecible la vida social. La cercanía de la muerte para decenas de miles de personas y la certeza del abandono institucional —”no hay suficientes bomberos” en las primeras horas, “solo el pueblo salva al pueblo” en los días siguientes— cataliza la reflexividad política de todos los que vimos con espanto e incredulidad cómo el agua no dejaba de crecer hasta llevarse consigo la vida de familiares y vecinos. Fuimos obligados por el acontecimiento a evaluar a conciencia el impacto de la comunidad en nuestras vidas, cuáles eran los rostros de quienes pertenecían y no pertenecían a ella, y qué esperábamos de las instituciones que dicen representarla. No se trató de una reflexión teórica circunscrita a una élite de expertos en la “batalla cultural”, sino de un problema eminentemente práctico, como el de colaborar para mover una nevera en el fango, distinguir enseres recuperables de los perdidos o preparar paquetes de alimentos básicos para repartir. En momentos críticos como este, la interdependencia social que la cotidianidad invisibiliza se vuelve imposible de ignorar, y uno se pregunta cómo ha sido posible hasta entonces vivir encerrados en la esfera del hogar de cada cual, ajenos a quienes viven solo dos casas más allá. Esta reflexión forzosa provocó la descompresión violenta de virtudes y miserias sociales acumuladas. Hay quienes comprenden inmediatamente la excepcionalidad de la circunstancia —sin los demás no puedo, y los demás no pueden sin mí—, y hay quienes no solo sufren el miedo a la potencia destructiva del agua, sino también el miedo a la sociedad que ya sentían antes de la inundación. Se precipita así una politización acelerada pero inmanente, no referida a lo que uno ve por la tele sino a través de la ventana de su propia casa. Turbas racistas engendrando complicidad en las colas del supermercado, y al mismo tiempo, solo unos metros más allá, valencianos de bien acogiendo en sus casas al vecino marroquí que lo ha perdido todo porque, antes que ser inmigrante, es vecino. Un valenciano más.</p>
<blockquote><p><strong>Turbas racistas engendrando complicidad en las colas del supermercado, y solo unos metros más allá, valencianos acogiendo en sus casas al vecino marroquí que lo ha perdido todo</strong></p></blockquote>
<p>En estos primeros días, la ofensiva comunicativa de la extrema derecha arrecia. Se magnifican arbitrariamente cifras de muertos para que cunda el pánico, proliferan noticias falsas sobre progresistas saboteadores de presas y azudes, y se atribuye a hordas de extranjeros el saqueo nocturno e indiscriminado de supermercados y residencias. En las jornadas previas a la manifestación del 9 de noviembre, sentencia popular finalmente abrumadora a favor de la solidaridad, la moral de muchos de nosotros estaba por los suelos. Con el miedo de los primeros momentos aún en el cuerpo, los días pasaban como una sucesión inagotable de problemas con solución incierta, agotamiento físico y mental tras mucho trabajo sobre los hombros, y la sensación angustiante de la extensión local del fascismo. Esta no como motivo de preocupación abstracto que uno observa a través de la pantalla del móvil, sino como realidad concreta visible en la calle: <em>cosplayers</em> disfrazados de militares patrullando por las noches en quad, cruces de Borgoña y aguiluchos en las camisetas de algunos voluntarios, y vecinos que se retratan con el tono frívolo e idiota característico de la maldad. Pero en esa desolación, también y por doquier, chispazos de alegría. Si el pueblo es algo, es alegría, solidaridad y generosidad en rostros anónimos. Completos desconocidos que se convierten en compañeros atentos, unidos por la tarea ingrata de mover lodo, derribar puertas y arrastrar muebles. Vecinos que hasta entonces no tenían más relación que algún “buenos días” a veces esquivado, se funden en abrazos de comprensión íntima del dolor del otro. Cada partícula de vida que se descubre conservada y a salvo del agua, como los gatos callejeros que reaparecen como si nada extraordinario estuviera ocurriendo, son celebradas con más júbilo y nudos en la garganta. Hay algo excepcional y divino en el aire, como si las normas invisibles que nos obligan a desconfiar miserablemente de los demás se hubieran suspendido. A diferencia del Covid, a la DANA no se le hace frente encerrándose en casa y recelando de los demás, sino abriendo las puertas del hogar a una marea de voluntarios desconocidos que caminan kilómetros a diario para llegar a l’Horta Sud a prestar ayuda.</p>
<blockquote><p><strong>Hay algo excepcional y divino en el aire, como si las normas invisibles que nos obligan a desconfiar miserablemente de los demás se hubieran suspendido</strong></p></blockquote>
<p>Esta percepción, la de que se estaba tejiendo una complicidad intransferible entre quienes vivíamos manchados de barro y con las lumbares destrozadas por moverlo de un lado a otro, se me apareció esos días como el criterio más adecuado para explicar qué convierte a uno en parte del pueblo valenciano. Habiendo nacido en el extranjero y siendo de izquierdas, siempre he sentido solidaridad por la causa nacional valenciana, pero el tipo de solidaridad vivida con la ajenidad que uno tiene por luchas con las que simpatiza, sin ser interpelado directamente por ella por motivos de origen. Algo cambió durante esos días. La pertenencia al pueblo dejó de encontrar causa en el origen y la identidad para encontrarla en la voluntad y la solidaridad. El pueblo valenciano dejó de ser para mí una abstracción sostenida sobre motivos históricos que no me incluyen para convertirse en pura concreción tangible. El éxito de la palabra “voluntario” para designar el deseo de tantos de ayudar a otros no podría ser más afortunado, pues señala el hecho mínimo necesario para la emergencia de un pueblo: la existencia de una voluntad popular encarnada e inequívoca. En este caso, no la voluntad miserable de aspirantes a porteros de discoteca que dejan o no pertenecer al pueblo según la adecuación de cada cual a un estándar étnico, sino la voluntad popular más noble posible, la de entregarse a la ayuda de los demás por no poder permanecer indiferentes ante el dolor ajeno.</p>
<blockquote><p><strong>Los rostros militantes amigos que lograron ser políticamente operativos no fueron los de los <em>think tanks</em> <em>progresistas </em>engendrados por cayetanos de izquierda, sino los de las organizaciones populares<br />
</strong></p></blockquote>
<p>El pueblo no es un enunciado lingüístico, aunque de él puedan decirse cosas, y aunque decir cosas contribuya parcialmente a su formación. Pueblo no es solo algo que se dice, sino algo que se hace porque se siente. Pueblo es el movimiento organizado de cuerpos sensibles a un afecto común. Hay dos elementos cruciales en esta definición que explican la diversidad de modos políticos de construcción popular. Por un lado, el afecto común, que puede ser expansivo, solidario e incluyente, o identitario, receloso y excluyente. Y por el otro, el movimiento organizado. En la decantación política de la manifestación del 9 de noviembre, masiva y determinante protesta popular contra Mazón, contribuyeron más quienes tuvieron organización y logística para mover diez voluntarios a l’Horta Sud que quienes cosecharon decenas de miles de visualizaciones en Twitter iluminándonos sobre lo “problemáticas” que eran las consignas políticas de quienes estábamos en el terreno. La potencia fascista crucial no fue la de los bulos —cuyo impacto fue sobredimensionado por la propia lógica recalentada y autorreferencial de las redes—, sino la que pudo poner brazos, medios y lenguas viperinas legitimadas <em>in situ </em>mientras la izquierda de gobierno solo posteaba infografías impotentes en Instagram. Los rostros militantes amigos que lograron ser políticamente operativos y relevantes no fueron los de los <em>think tanks</em> <em>progresistas </em>engendrados por cayetanos de izquierda, sino los de las organizaciones populares ya previamente constituidas, con voluntarios comprometidos a hacer algo más que tuitear y oler las oportunidades de acumulación de capital social en las órbitas de los centros de poder. La organización es un hábito que no puede impostarse con discurso y del que muchos han decidido desentenderse por pensarlo como un lastre para la comunicación y los liderazgos. Como si organizarse, única arma históricamente eficaz del pueblo, fuera una forma caduca de hacer política, propia de otros tiempos. El castigo de quienes creyeron posible hacer política sin organización de masas es duro pero justo: la indiferencia del pueblo, la absoluta irrelevancia en un momento crítico para el País Valenciano y la España de la próxima década. No estuvieron, pero tampoco nadie les esperó.</p>
<blockquote><p>La única práctica coherente con el tan repetido augurio de que se avecinan décadas de inestabilidad y crisis es aprender de lo que nos dice este momento concreto de inestabilidad y crisis.</p></blockquote>
<p>La inundación de l’Horta Sud es un mensaje estridente para quienes estén dispuestos a escuchar. La excepcionalidad de la situación no debe ocultar lo que este acontecimiento nos dice sobre la constitución normal y cotidiana del poder. La única práctica coherente con el tan repetido augurio de que se avecinan décadas de inestabilidad y crisis es aprender de lo que nos dice este momento concreto de inestabilidad y crisis. No hay atajos ni alternativas a la organización para garantizar la seguridad del pueblo. No hay atajos ni alternativas a la organización para que se extiendan la solidaridad y la confianza en los otros. No hay atajos ni alternativas a la organización para frenar la proliferación del fascismo. Es la hora de poner en acción el músculo organizativo atrofiado tras décadas de neoliberalismo. Quienes no comprendan esto a tiempo serán barridos junto a futuros lodos en los años inciertos que tenemos por delante.</p>
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		<title>La izquierda que no suelta el brazo a Lamine Yamal</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Neuraceleradísima]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 23 Jul 2024 23:00:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Análisis]]></category>
		<category><![CDATA[Antirracismo y fronteras]]></category>
		<category><![CDATA[antiracismo]]></category>
		<category><![CDATA[fronteras]]></category>
		<category><![CDATA[izquierda]]></category>
		<category><![CDATA[racismo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El racismo es una solución posible al problema de garantizar la gobernabilidad de la sociedad ante el recrudecimiento de la crisis geopolítica, económica y climática que tensionará toda Europa durante las próximas décadas</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/la-izquierda-que-no-suelta-el-brazo-a-lamine-yamal/">La izquierda que no suelta el brazo a Lamine Yamal</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Sufro cierto desconcierto cuando escucho a progresistas, sin duda con buenas intenciones, condenar la consideración del fenómeno migratorio como problema. La idea de fondo es que si enmarcamos la migración como problema ya estamos cediendo terreno a la ultraderecha, pues si la existencia de migrantes es problemática, la solución solo puede ser racista. Esto con frecuencia supone además circunscribir, de manera algo neurótica y limitante, toda solución posible de la cuestión migratoria a la vigilancia moral contra el racismo. <em>“No existe el problema migratorio sino el problema racista” –</em>como cuando se repite aquello de <em>“eres clase obrera aunque no lo sepas”–</em> es una consigna resultona, fácil de repetir, que satisface la necesidad intelectual y moral de saberse en posesión de un buen diagnóstico. Esto, claro está, mientras la repetición de esa y otras consignas semejantes ha sido impotente para evitar el crecimiento viral del racismo en los últimos años.</p>
<p>La coalición racista de partidos se quedó a las puertas de una mayoría en 2023, y la ha conseguido para las elecciones europeas de 2024. Día a día, crece un bloque social heterogéneo que hace del racismo una explicación ordenadora de las angustias cotidianas de millones de personas. Este bloque está dirigido de manera plural por agitadores de partido, propietarios inmobiliarios, policías y aspirantes a policía, paramilitares a sueldo del rentismo o <em>influencers</em> con creciente hambre de escaño. No pocos cuadros del progresismo, conscientes de los costes que tiene no ofrecer soluciones sino solo discurso moral, abrazan versiones diluidas de las soluciones racistas de la derecha porque, al menos, se trata de soluciones. Lo cierto es que por motivos geopolíticos, económicos o climáticos, no es descabellado pensar que los flujos migratorios crecerán en intensidad durante los próximos años. Este fenómeno se conjugará de manera conflictiva con otros, como la crisis de la vivienda que la socialdemocracia no está pudiendo resolver, o con la crisis de empleo que la automatización tecnológica agravará. Naturalmente, la vulnerabilidad social enquistada, territorializada que sufre la población migrante deberá ser abordada con la presencia de un Estado cuyo manto de protección social está debilitado tras décadas de neoliberalismo. No creo que haga falta ser racista para identificar, con honestidad, que este panorama es sin duda problemático y exige soluciones. Soluciones que vayan más allá de simplemente denunciar el racismo en auge y devenir meros comentaristas consternados por lo que está ocurriendo, posición pasiva e impotente por antonomasia en política.</p>
<blockquote><p>Podemos comenzar asumiendo que el problema migratorio es un problema político y no una mera invención racista</p></blockquote>
<p>Podemos comenzar asumiendo que el problema migratorio es un problema político, y no una mera invención racista destinada a ocultar “el problema real”, sea cual sea ése. El racismo es una solución posible a un problema político que lo trasciende: el problema de garantizar la gobernabilidad de la sociedad ante el recrudecimiento de la crisis geopolítica, económica y climática que tensionará nuestro país y a toda Europa durante las próximas décadas. El racismo, como solución política a ese problema, se entiende mejor como pieza de un nuevo brutalismo de mercado que Bifo Berardi ha denunciado como único sucesor espiritual posible del neoliberalismo. El racismo es una solución política cruel y miserable, pero es una solución política. Identifica acertadamente que la incertidumbre asociada a la guerra, la crisis económica y de empleo, y los desplazamientos forzosos incrementarán el descontento y la desvertebración social en las próximas décadas. Por tanto, anticipa la necesidad de represión para el mantenimiento del orden. Represión que deberá ser legitimada en toda su brutalidad contra la población extranjera porque será necesario ejercerla directamente contra ellos; pero que a la vez, cuando se dirige contra “los de fuera”, contribuye por adelantado a la normalización de la misma brutalidad que se ejercerá también contra españoles blancos cuya existencia, por una razón o por otra, amenace intereses oligárquicos. En ese sentido, las muertes en el Mediterráneo y en Palestina pueden ser vistas como meros ensayos de futuros despliegues de represión sin líneas rojas que garanticen el orden, lo cual explicaría la súbita idolatría por el Estado de Israel en ultraderechistas que hace no tanto tiempo suspiraban por la Alemania nazi.</p>
<blockquote><p>La impotencia de la izquierda es un problema infinitamente más prioritario que el de la imaginación de futuros posibles</p></blockquote>
<p>Sería injusto decir que la izquierda institucional solo responde al problema múltiple que supone la crisis venidera con denuncias morales. El proyecto del laborismo verde o ecosocialismo, que cuenta en España con excelentes cuadros técnicos, opera como reservorio de ideas e iniciativas políticas para todas las fuerzas progresistas. Nuestra dificultad a la hora de abordar la crisis que viene no es exactamente, por tanto, de imaginación de soluciones políticas sino de potencia para efectuarlas. Consideramos, de hecho, que la impotencia de la izquierda es un problema infinitamente más prioritario que el de la imaginación de futuros posibles, pues sin resolver el primero, lo segundo es solo literatura de ciencia ficción. Nuestros representantes públicos son, cada vez más, meras camarillas de expertos en comunicación política y derecho administrativo perdidos en el entorno hostil del Estado. Habiéndolo apostado todo a la estrategia mediática en detrimento de la construcción orgánica, los partidos hoy son entidades con vínculos muy débiles con el pueblo organizado. No existe un <em>organismo institucional-popular</em> vivo que permita el intercambio productivo de información, recursos y cuadros entre los espacios asociativos populares y los institucionales. Este cortocircuito explica la desaparición de un suelo mínimo para el declive electoral, y también está detrás de los episodios frecuentes de impotencia de los partidos de izquierdas ante el Presidente del Gobierno. El “no” de Pedro Sánchez deviene inapelable precisamente porque no hay más cartas que jugar que los escaños y los ministerios, entornos donde el PSOE siempre tendrá la última palabra, incluso sobre la continuidad de esos escaños y esos ministerios. Sobran ejemplos del efecto disciplinador demoledor que tiene esta circunstancia. Pero quizá el efecto más letal de este cierre tecnocrático-progresista sea la aparición de una endogamia sociológica que claramente sobrerrepresenta en las élites de partido a hijos de médicos, abogados y académicos, o incluso acunados por altos funcionarios del Estado. Esto, a nuestro juicio, es crucial para comprender las carencias de los partidos a la hora de abordar la ola racista.</p>
<h3>Revisarse el racismo interiorizado</h3>
<blockquote><p><strong>El resultado habitual de esto es volver protagonistas de la discusión antirracista a personas blancas de clase media</strong></p></blockquote>
<p>En los circuitos cerrados de clase media y clase media-alta que nutren buena parte de la dirigencia de la izquierda, no es sorprendente que la discusión sobre este tema adopte la forma de mandato a “revisarse” el racismo interiorizado, actitud sin duda positiva y deseable, pero importada de los marcos individualistas del liberalismo anglosajón de izquierdas, más propios de la moral protestante que de la política española. El resultado habitual de esto es volver protagonistas de la discusión antirracista a personas blancas de clase media, fascinadas por los debates sobre la pureza o impureza de su alma. Los partidos políticos, sin arraigo orgánico-territorial alguno con los agraviados por el racismo que dicen representar, y cerrando su abanico de prácticas políticas a la caza de atención en Twitter, caen una y otra vez en la exageración forzada, en la fetichización de lo que idealizan como “migrante auténtico de barrio”, variante del “pobre auténtico con calle”. Idolatran a este sujeto imaginario mientras intentan asociarse a él como marca de distinción identitaria, creyendo así hacer <em>política con perspectiva inclusiva y de clase</em>. El último ejemplo de esto es la vergonzosa sobreactuación que ha rodeado el éxito deportivo de Lamine Yamal, con decenas de dirigentes e intelectuales de izquierda <em>cogiendo del brazo</em> al futbolista, instrumentalizándolo como significante recalentado, en una maniobra forzada, artificial, incómoda de ver. El problema no es alegrarse públicamente de contar con una selección de fútbol que refleja mejor el país real, una buena noticia sin lugar a dudas. El problema es la sobreintelectualización forzada, una suerte de logocentrismo que no entiende de sutilezas, que muere de impaciencia por traducir el fenómeno<em> a clasemediano académico</em>, para así volver permisible su disfrute. Esta impostura tiene origen estructural: la relación con la población migrante solo puede ser imaginaria para las élites de partido, porque los migrantes –y muchísimos sectores populares no migrantes– no tienen lugar alguno dentro de ellas. De hecho, cuando la “inclusión” de personas migrantes en las filas de partido –casi nunca en los espacios de decisión– parece realizarse, la lógica que la motiva es siempre la del “fichaje” individual, no la integración orgánica de colectivos. Lógica que es, en realidad, la de la cuota de visibilidad para performar diversidad e inclusividad en redes sociales y otros medios de comunicación. El mensaje, en cualquier caso, nunca llega realmente a migrantes pobres con derecho a voto, que estructuran su opinión política en otros lugares donde la izquierda simplemente no está.</p>
<blockquote><p>Por ser los más expuestos y vulnerables a la violencia policial-judicial y de clase, la población migrante es también la mejor posicionada para pensar las tácticas más eficaces de oposición colectiva contra ella</p></blockquote>
<p>La desaparición de los partidos de masas como forma organizativa y la ruptura del vínculo institucional-popular no solo aleja a los partidos de izquierda de la población migrante, sino de la población en general. La solución pasa por destinar recursos a la producción de un vínculo representativo que sea orgánico y no solo mediático, vertebrado con la realidad inmediata de los agredidos por el racismo y por toda forma de violencia estructural. Se trata de habilitar lugares –tangibles, presenciales, físicos– para hacer política y no solo para ser representados a distancia. Por ser los más expuestos y vulnerables a la violencia policial-judicial y de clase, la población migrante es también la mejor posicionada para pensar las tácticas más eficaces de oposición colectiva contra ella. Hoy en día, todo ese conocimiento social se encuentra en estado disperso, no aprovechable, desperdiciado. Si bien, <a href="https://www.ine.es/prensa/aner_2022.pdf">según datos del INE</a>,solo en los últimos diez años casi un millón y medio de extranjeros han adquirido la nacionalización por residencia, es crucial no caer en el error de ver aquí solo un millón y medio de votos y nada más. Porque nos conduce a despreciar las vidas de los que no pueden votar, pero también porque invisibiliza todo aquello que puede hacerse más allá, y que es más determinante que el voto porque es precondición de éste. La victoria del Nuevo Frente Popular francés, en ese sentido, solo será plena cuando demuestre que la movilización del voto en las <em>banlieues </em>que le ha llevado a la victoria no es chispazo de un día, sino una base sólida, orgánicamente tejida, que dé garantías de cara a elecciones futuras, y sobre todo, a futuros gobiernos que, para ser transformadores, siempre van a necesitar respaldo popular más amplio que el de cualquier gobierno derechista. Primero viene la organización, luego vienen los votos, y luego viene la posibilidad de hacer algo con ellos gracias al sostén del pueblo movilizado. No hay atajos posibles: ningún movimiento emancipador ha conseguido ser hegemónico sin ser movimiento organizado de masas. La hegemonía no solo es articulación de demandas enunciadas, sino también y prioritariamente articulación de cuerpos. Las demandas se articulan en el discurso, los cuerpos se articulan organizándose.</p>
<blockquote><p><strong>No hay mejor manto protector contra el racismo que la existencia de esta comunidad organizada, donde todos, no solo los que hemos nacido fuera del país, tienen mucho que ganar</strong></p></blockquote>
<p>La aproximación de la izquierda a la población migrante es crucial porque comparte ruta con su repotenciación general dentro de las instituciones: devenir movimiento de masas, y para ello volver a ser habitables, apropiables y desbordables por todos aquellos que se aspira a representar, volver a tener una fuente autónoma de poder político para hacerse respetar cuando integra gobiernos. Para ello es necesario reconducir la potencia intelectual y los recursos materiales de los partidos, hoy atrapados exclusivamente en agujeros negros mediáticos y burocráticos, hacia el pensamiento creativo de un nuevo espacio vivo, dinámico, expansivo. Un espacio organizativo con oferta generosa de pertenencia, compañerismo, responsabilidades y capital colectivo para la intervención local descentralizada. Esto último no solo –aunque también– para situaciones dramáticas, sino para la construcción de una comunidad organizada en lo más cotidiano. No hay mejor manto protector contra el racismo que la existencia de esta comunidad organizada, donde todos, no solo los que hemos nacido fuera del país, tienen mucho que ganar. El compromiso de los partidos con ella no solo es la mejor forma de garantizar la seguridad y la prosperidad de aquellos más amenazados por la violencia ultraderechista, es también una alternativa generalizable para pensar la política más allá del modelo agotado que nos lleva de derrota en derrota desde hace años.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/la-izquierda-que-no-suelta-el-brazo-a-lamine-yamal/">La izquierda que no suelta el brazo a Lamine Yamal</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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