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	<title>Miguel Martín Ayllón, autor en Zona de estrategia</title>
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	<description>Un medio para agitar la crítica y construir herramientas de intervención que no rindan pleitesía a ninguna forma de gobierno</description>
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	<title>Miguel Martín Ayllón, autor en Zona de estrategia</title>
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		<title>Apuntes sobre autonomía cultural e imaginación política</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Miguel Martín Ayllón]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 23 Jun 2026 15:23:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La posibilidad de construir una política emancipatoria pasa por desactivar esa idea de que la ignorancia es una seña de identidad de las clases populares. Eso requiere repensar cuáles son las dinámicas de los procesos de lucha e insertar la autoformación en la conformación de la propia experiencia política.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/apuntes-sobre-autonomia-cultural-e-imaginacion-politica/">Apuntes sobre autonomía cultural e imaginación política</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Hace un siglo, con porcentajes de analfabetismo en el Estado español de entre el 30% y el 50% según el momento, existió la mayor red que hayamos conocido nunca de editoriales, periódicos, revistas y ateneos. La ausencia de una educación pública como la actual hizo que las instituciones obreras funcionaran, al mismo tiempo, como herramienta de lucha y como espacios de formación cultural. En todos ellos jugaron un papel importante sectores intelectuales que apostaron por la relación entre cultura y emancipación.</p>
<p>De ese contexto surgió una intelectualidad obrera que dio algunos nombres conocidos: Joan Salvat-Papasseit, un vigilante nocturno huérfano de un fogonero, que es la gran figura literaria y poética catalana del siglo XX; Lucía Sánchez Saornil, una operadora telefónica hija de un albañil y protagonista destacada de la vanguardia poética y periodística; Antonia Maymón, hija de un empleado convertida en teórica y practicante de la pedagogía libertaria; Abel Paz, hijo de jornaleros y albañil, que escribió una monumental biografía de Durruti que ningún historiador académico ha podido superar; o Helios Gómez, gitano y proletario de la cerámica, que sería uno de los artistas gráficos más genuinos de la primera parte del siglo XX.</p>
<blockquote><p>La alfabetización de las clases populares no buscaba conseguir una mejor integración sino la producción de los medios intelectuales para su propia emancipación</p></blockquote>
<p>Lo que interesa de estas figuras no es tanto su dimensión autodidacta o su talento particular, sino su pertenencia a algo que podemos llamar «autonomía cultural». Una capacidad colectiva de mirar, pensar y representar la realidad con voz propia y sin mediaciones. Esa capacidad se tejió en los ateneos o las Casas del Pueblo, en los sindicatos e incluso en los bares. Espacios donde se generó una esfera pública con tres rasgos principales: el contacto entre niveles de alfabetización muy distintos e incluso antagónicos; la conexión entre comunicación oral y escrita; y la articulación entre práctica militante y transmisión social del conocimiento. Como en otros procesos análogos —el movimiento de educación de adultos británico o la pedagogía del oprimido latinoamericana, por ejemplo— la alfabetización de las clases populares no buscaba conseguir una mejor integración con más educación, mejores trabajos o el desarrollo talentos innatos, sino la producción de los medios intelectuales para su propia emancipación.</p>
<p>Aquello no fue, por otra parte, un proceso de iluminación o transferencia de conocimiento de “los que saben” hacia los que no. Fueron los propios espacios obreros los que le dieron forma a unas instituciones en las que la transmisión de saber no era unilateral sino coproducida. La contraparte de la intelectualidad obrera fueron perfiles como el periodista Felipe Aláiz, el escritor Ramón J. Sénder o el artista Ramón Acín, que provenían de clases instruidas y que fueron atravesados y educados por su socialización política en el medio ambiente de las luchas obreras.</p>
<p>Por supuesto, aquella no fue una experiencia ajena ni impermeable a las categorías hegemónicas de su tiempo, pero sí estaba conscientemente en conflicto con ellas, y de ese conflicto surgió una forma de imaginación política que iba más allá de un mero «pensamiento crítico». De ahí emergió un pensamiento emancipatorio que estaba en condiciones de proyectar otro mundo y otras relaciones sociales que ya se estaban ensayando en los márgenes del poder. Las diferentes versiones de la idea de «revolución» hasta la década de 1970, no eran grandes operaciones teóricas o, mejor dicho, la gran operación teórica era ese horizonte político puesto en común.</p>
<h3>Autonomía cultural, academia e investigación</h3>
<p>Los ecos de esta tradición son reconocibles en diferentes hilos. En un grupo tan longevo y tan anónimo como <a href="https://sindominio.net/etcetera/">Etcétera</a>, con una práctica de cincuenta años de autoformación y pensamiento político autónomo. También en la academia, desde diferentes formas y perspectivas estratégicas, con figuras como Pere López Sánchez (que nos dejó recientemente), Tomás Ibáñez, Santiago López Petit o Montserrat Galcerán, que han construido itinerarios vitales y académicos orientados a generar espacios de politización.</p>
<p>Desde otras genealogías, en el cruce entre producción académica e intervención feminista en el ámbito jurídico, destaca el trabajo de Encarna Bodelón en el grupo de investigación Antígona o de Dolores Juliano con el feminismo y el movimiento de trabajadoras sexuales, el trabajo de Mari Luz Esteban a caballo entre el pensamiento académico y la militancia feminista o la conexión de Iñaki Rivera y el Observatorio del Sistema Penal y los Derechos Humanos (OSPDH) con la realidad de las cárceles y el movimiento anticarcelario.</p>
<p>En ese ámbito, se han dado incluso figuras colectivas tejidas entre el alumnado. En Barcelona, en diferentes momentos en las décadas del 2000 y el 2010, fenómenos como Miles de Viviendas, los espacios ocupados contra la guerra o La Rimaia, servirían de referencia. Aquellos convirtieron el territorio académico en una cabeza de puente para una actividad militante fuera de él. Aunque el protagonismo recaía ya sobre el joven universitario. Se trataba de un momento en el que el acceso generalizado a la educación pública hizo que el instituto o la universidad fueran para mucha gente los primeros espacios de politización.</p>
<h3>Del ateneo al laboratorio de ideas</h3>
<p>Paradójicamente, en ese mismo período en el que se extiende y universaliza la educación pública se producen dos fenómenos que van a condicionar la relación entre la experiencia política y la experiencia formativa. Por una parte, una contracción y un empobrecimiento de la idea de «formación» en el seno de las instituciones y las estructuras de la izquierda. Por otra, una paulatina individualización de los procesos de educación y aprendizaje.</p>
<p>De lo que en su momento se llamó «educación de las masas» se pasó a la «formación de cuadros» organizativos o activistas destinados a desempeñar un papel más o menos dirigente. A ellos están destinadas las universidades de verano, los cursos de diferente índole, las clases magistrales y en general la formación dirigida a interpretar la realidad en términos teóricos, políticos, filosóficos, literarios. Para el resto, el precariado que no ha hecho el itinerario estudiantil completo, que tiene dificultades idiomáticas o que simplemente no encaja en los perfiles de liderazgo político o intelectual, quedan los talleres de derechos para adquirir herramientas prácticas frente a las violencias del «estado del malestar».</p>
<blockquote><p>La educación pública acaba por tener un efecto individualizante de la experiencia del aprendizaje</p></blockquote>
<p>Se establecen distinciones sobre lo que es «útil» para unos u otros perfiles y se acotan así los territorios de protagonismo tanto político como intelectual. En este marco, lo común está en las asambleas, las manifestaciones, las acciones, e incluso los sentimientos, las emociones. Mientras que la formación, la educación y, en general, la actividad intelectual pasan a depender de inclinaciones, posibilidades o intereses personales. De los espacios de actividad cultural compartida sobreviven los formatos más lúdicos (cine, teatro, charlas&#8230;) y desaparecen los espacios de estudio que en algunos momentos estuvieron íntimamente ligados con los primeros. La forma-ateneo (por utilizar una figura muy representativa) se empobrece y, curiosamente, la educación pública acaba por tener un efecto individualizante de la experiencia del aprendizaje.</p>
<p>A la par van surgiendo otras estructuras como institutos de investigación, observatorios, grupos de estudio o consultorías que edifican un territorio de saber especializado basado en el paradigma del «laboratorio de ideas». Surgen con ellos una constelación de figuras expertas que investigan, piensan y manufacturan conocimiento a través de informes, estudios, grupos de discusión, canales de youtube, podcast. Referentes que a menudo se relacionan entre sí —se invitan mutuamente a foros, programas o publicaciones—, pero cuya relación con el nuevo precariado es unilateral y vertical. Prescriben lo que debemos pensar y solo registran lo que pensamos en forma de encuestas, entrevistas, barómetros, pero muy raramente en el marco de una experiencia política compartida o en formatos con capacidad de desbordar la especialización para convertirla en algo más potente.</p>
<h3>El clasismo y las batallas culturales de la izquierda populista</h3>
<p>Esa estructura de relación entre los expertos de izquierdas y el pueblo está muy marcada por la socialización de unas redes sociales que han acabado restaurando el más viejo esquema de comunicación: la relación emisor activo-receptor pasivo. Con los años, la deriva <em>influencer</em> del intelectual y la condición espectadora de sus <em>followers</em> ha cultivado una relación jerárquica que, a día de hoy, ya ha construido un imaginario de las clases populares como pasivas y perezosas. «La gente llega a casa cansada, solo quiere mirar Instagram o Tik Tok, el Hormiguero o Broncano», «la gente solo quiere que le llenes la nevera» y, sobre todo, «la gente no quiere pensar».</p>
<p>Por supuesto, cuando se hacen afirmaciones como estas u otras similares, nadie está imaginando a «gente» que ostenta cátedras, despachos o títulos, que escribe en periódicos o en revistas de impacto. No se dice así, pero se está pensando en la juventud de unos barrios determinados con empleos determinados y que es representada como una masa ignorante, antintelectual y acrítica que espera ser empujada en una u otra dirección –con un riesgo real de convertirse en profecía autocumplida–.</p>
<blockquote><p>La batalla cultural queda reducida así a la lucha entre un cerebro de derechas sin cuerpo y un cerebro de izquierdas sin cuerpo</p></blockquote>
<p>Sobre esa premisa, de un clasismo evidente, la nueva izquierda populista ha ido construyendo una política emocional pensada para unas determinadas capas sociales, que simplifica o tergiversa la idea de «batalla cultural». Más que procesos de autoeducación y autoformación, «el pueblo» necesita sobre todo mensajes simples dirigidos a estimular ciertas emociones, argumentarios fáciles que pueda replicar con sencillez, productos audiovisuales que le hagan sentir. La batalla cultural queda reducida así a la lucha entre un cerebro de derechas sin cuerpo y un cerebro de izquierdas sin cuerpo, que se disputan un cuerpo sin cerebro al que llaman «la gente».</p>
<h3>Autonomía cultural e imaginación política</h3>
<p>Llegados a este punto, podemos decir que la imaginación política que tanto echamos de menos tiene una relación directa con la pérdida y el empobrecimiento de la producción de territorios de autonomía cultural. Y, en buena parte, la posibilidad de construir una experiencia política emancipatoria pasa por crear y enriquecer estructuras de socialización del conocimiento y por desactivar ese retorno de la ignorancia como seña de identidad aplicada a las clases populares.</p>
<blockquote><p>La ausencia de un espacio educativo específico en los espacios de lucha, nos acaba haciendo víctimas de diferentes mecanismos de dependencia o extracción intelectual</p></blockquote>
<p>Eso requiere repensar cuáles son las dinámicas y los componentes de los procesos de lucha social, insertando la formación y la autoformación en la experiencia política. En general, la ausencia de un espacio educativo específico en los espacios de lucha, nos acaba haciendo víctimas de diferentes mecanismos de dependencia o extracción intelectual, como la afluencia constante de estudiantes para hacer trabajos, tesis, tesinas, encuestas, documentales&#8230; La necesidad de una revisión crítica de la relación entre activismo y academia exige una posición más humilde y a la vez políticamente más ambiciosa de los sujetos universitarios, pero sobre todo una definición desde el corazón de las luchas de sus propias necesidades.</p>
<p>Eso lo han intentado Traficantes de Sueños en Madrid y La Ciutat Invisible en Barcelona, en el marco de la «empresa política»; experiencias como la Escola Popular de Formación Política de Manresa y La Escuela de las Periferias de Vallecas; y, dentro de su modelo neoleninista, el «movimiento socialista». Pero la experiencia contemporánea más potente y más a mano es la vinculación entre acción política, militancia y pensamiento del feminismo autónomo de la última década. Hemos visto cómo las feministas organizan asambleas, manifestaciones y acciones, a la vez que intercambian libros, realizan lecturas conjuntas y debaten en distintos foros. Producen calle y producen pensamiento y con ambos, la imaginación política de otro mundo.</p>
<blockquote><p>Las luchas de las trabajadoras sexuales y de las personas trans conforman procesos de ruptura de las lógicas de subalternización</p></blockquote>
<p>Dentro de esa experiencia, las luchas de las trabajadoras sexuales y de las personas trans conforman procesos de ruptura de las lógicas de subalternización, en las que hay que fijarse. Figuras desterradas de la legitimidad pública, putas y trans han elaborado una posición y un discurso propio para constituirse como sujetos políticos. Escribiendo y pensando desde el activismo, desde fuera o dentro de la academia, a caballo entre ambas, han desbordado positivamente el papel de sus mediadoras/aliadas y se han convertido en una voz nuclear del feminismo autónomo, construyendo un pensamiento propio arraigado en la práctica política.</p>
<p>Son ejemplos de una autonomía cultural entendida como la construcción de un cuerpo social capaz de elaborar sus propias nociones de pensamiento, su propio horizonte social y político, a partir de la práctica política y la vivencia colectiva. Es, además, algo más que una contracultura, ya que no es una contravención más o menos intuitiva de la norma, sino la capacidad de medir lo existente desde categorías, prácticas y expectativas propias de lo que sería una vida que merece ser vivida.</p>
<p>Es desde ahí que pueden definirse y desarrollarse procesos de emancipación social capaces de desbordar al fascismo contemporáneo. Sin autonomía cultural no es posible construir imaginación política, y sin imaginación política no es posible (o es mucho más difícil y lejano) cualquier proyecto de emancipación.</p>
<p>——</p>
<p>Adaptación de la intervención en la mesa «Teoria, organització i lluites per la construcció del relat» de las jornadas <em>La ciència com a activitat política</em> organizadas por el Grup de Recerca Sobre Exclusió i Control Social (GRECS), el 17/04/2026. Este texto debe agradecer conversaciones con Gala Pin, Jokin Azpiazu, Ricardo Pérez-Hita y Tiphaine Leurent.</p>
<p>La entrada <a href="https://zonaestrategia.net/apuntes-sobre-autonomia-cultural-e-imaginacion-politica/">Apuntes sobre autonomía cultural e imaginación política</a> se publicó primero en <a href="https://zonaestrategia.net">Zona de estrategia</a>.</p>
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